“Ya sé lo que vamos a hacer hoy”: El legado inagotable de ‘Phineas y Ferb’

Hace un par de semanas se estrenaba en Disney+ Candace contra el universo, segundo largometraje de Phineas y Ferb. Llegaba al streaming transcurridos cinco años desde el final de la serie y dos desde El efecto Phineas y Ferb, su crossover con La ley de Milo Murphy, otra ficción a cargo de sus mismos creadores: Dan Povenmire y Jeff “Swampy” Marsh, que en efecto parecen renuentes a despedirse del verano de forma definitiva. Como nosotros, vaya.

No es necesario recurrir a teorías científicas que lo justifiquen: cuanto más crecemos, el tiempo pasa con mayor rapidez. Los compromisos se acumulan, los días pierden horas, y los espacios de ocio son percibidos bien como una oportunidad que debe cubrir demasiadas expectativas, bien como una entelequia pura y dura. Asaltados por este estrés, es inevitable entonces contemplar la infancia como un lugar sucesivamente más luminoso, acaso irreal: un refugio que fue capaz de relativizar el paso del tiempo, permitiéndote recordar los días y advertir lo extensas que eran las estaciones.

Este angst bajonero, puramente adulto, fue canalizado por Dan Povenmire y Jeff “Swampy” Marsh cuando idearon Phineas y Ferb allá por 1993, mientras cenaban en un restaurante de Pasadena, y Povenmire se ponía a dibujar a un niño con el rostro de forma triangular. En aquel entonces, Povenmire tenía 30 años y Marsh 33, y recordaban sus veranos —aquella época en la que la dilatación del tiempo se ajustaba milagrosamente a la cantidad de diversión que podías acaparar— con la misma nostalgia que nosotros. De este modo, su historia se desarrollaría exclusivamente en la temporada estival, previo el comienzo de curso, sin que ningún compromiso atenazara a sus protagonistas. Dado que Phineas y Ferb llegó a durar 222 episodios ambientados en un único verano de 104 días, es evidente que respetaron la perspectiva distorsionada del tiempo de sus protagonistas.

Pero, incluso cuando eres niño, el verano termina. Y Phineas y Ferb se despidió precisamente en un verano, en junio de 2015. Lo hizo con un episodio doble titulado El último día del verano donde, en una jugada autoconsciente de tantas, los creadores proponían que el verano fuera verdaderamente interminable gracias a la repetición constante de su último día, lo que inevitablemente traía consecuencias indeseadas para el espacio-tiempo. Estaba claro lo que pretendían conseguir con ello: mostrar al público infantil que de vez en cuando era necesario que las cosas buenas acabaran, y que la vida continuara. Concluía así Phineas y Ferb con una nota de madurez en ningún caso melancólica sino, como habituaba la serie, envuelta en la euforia y el optimismo. Acaso sabiendo que, por mucho que el verano terminara, vendrían otros.

Y así ha sido. Pasados cinco años desde El último día del verano —y desde Expediente O.S.A.C., capítulo especial que pocos meses después se despedía como era debido de otros personajes de la serie—, Povenmire y Marsh han tenido nuevas oportunidades para reunirse con sus criaturas, mientras Phineas y Ferb se iba consolidando como un fenómeno de culto incombustible, proclive al encuentro con nuevos espectadores. Celebrando el reciente estreno de Candace contra el universo, su última acometida hasta la fecha, aprovechemos para adentrarnos en él, e interiorizar todas sus lecciones vitales.

Camino al Área de los Tres Estados

Dan Povenmire y Jeff “Swampy”Marsh se conocieron cuando ambos empezaron a trabajar, a principios de los años 90, en Los Simpson. Antes de recalar en la serie de Matt Groening, Povenmire ya llevaba dibujando desde la universidad, cuando inició una tira cómica y se asoció con el humorista Tommy Chong para encargarse de los segmentos animados de Pasado de rosca en 1990.

La formación de Povenmire a medio camino entre el surrealismo y el humor iconoclasta se ajustaba muy bien por entonces a los postulados de la serie de la familia amarilla, pero sobre todo se ajustaba con los intereses y experiencias de Marsh, con quien trabó una amistad instantánea gracias a su similar sentido del humor y sus gustos musicales. En determinado momento de parón entre temporadas, ambos se asociaron oficialmente y se fueron a trabajar a Nickelodeon, dentro de la serie La vida moderna de Rocko, que les permitiría afianzar un estilo propio.

Fue más o menos por entonces cuando, mientras cenaban, desarrollaron la idea para Phineas y Ferb. La puesta en común de sus pasados e intereses dio forma a la trama: tanto Povenmire como Marsh recordaban con gran cariño sus vacaciones estivales gracias a la insaciable actividad que habían desarrollado durante estas —Povenmire, en concreto, era un niño prodigio al que su madre exhortaba continuamente a que “aprovechara el verano”—, y Marsh por su parte estaba concienciado con la escasa representación que tenían las familias mixtas en la ficción: fue entonces cuando decidieron que la familia protagonista se hubiera levantado sobre dos matrimonios anteriores, siendo Phineas y Ferb hermanastros sin que esto repercutiera lo más mínimo en su amor y afinidad. El entusiasmo que Povenmire sentía por la obra de Hayao Miyazaki y Chuck Jones, por otro lado, adelantaron algunas de las constantes del show, tanto en lo referido al estilo de animación como a la importancia que la maquinaria scifi acabaría teniendo en él.

Así comenzaría el largo camino hasta que Phineas y Ferb recibiera luz verde, y tendrían que pasar 16 años. En este tiempo Marsh entró a trabajar brevemente en El rey de la colina de Fox y resolvió mudarse a Gran Bretaña en busca de otras oportunidad laborales, formando parte de series como Pat, el cartero. En EE.UU., a Povenmire no le faltó trabajo tampoco, al conseguir un suculento empleo en Padre de familia y llegar a dirigir varios episodios. El primero de ellos, por cierto, fue El camino a Rhode Island de la segunda temporada, que inició toda una sucesión de capítulos especiales donde Stewie y Brian viajaban a un lugar concreto, y que destacaban por la inclusión de ocurrentes números musicales.

Povenmire, así las cosas, se sintió como en casa alternando las canciones —en sus años de instituto, como Marsh, había formado parte de un par de bandas— con las referencias pop sumamente específicas; en este caso las películas Road to… que estuvieron protagonizadas en lo años 40 por Bing Crosby, Dorothy Lamour y Bob Hope. Una vez fue cancelada (provisionalmente) la serie de Seth MacFarlane, Povenmire se fue a trabajar a Bob Esponja, comprendiendo que donde de verdad se sentía cómodo era en la animación familiar. De modo que quiso volver a preparar el pitch de Phineas y Ferb y vendérselo a la misma Nickelodeon donde ahora trabajaba, pero la cadena no terminó de verlo claro. El motivo: la propuesta que vertebraba Phineas y Ferb parecía demasiado compleja.

Povenmire no se rindió y poco después consiguió que Disney se interesara por la serie, llamando de inmediato a Marsh para que volviera de Gran Bretaña y se pusieran a trabajar en ella. La Casa del Ratón mostraba inicialmente una renuencia parecida a la de Nickelodeon, pero los dos amigos tuvieron la suerte de acudir a sus instalaciones en un momento de especial efervescencia para el estudio; si no en el ámbito cinematográfico, sí en el televisivo. Para 2006, fecha en la que la serie encontró hogar, Disney Channel emitía series animadas que o bien trataban de ofrecer nuevas perspectivas —caso de Los Proud o American Dragon: Jake Long, con protagonistas racializados— o bien mostraban un gusto llamativo por saltarse la cuarta pared y otros vicios similares, caso de la estupenda Kuzco: Un emperador en el cole.

Phineas y Ferb conciliaba en su seno ambas sensibilidades, y las imbuía en un acabado propio, que Povenmire y Marsh asociaban al trabajo de Tex Avery en tanto al gusto por las figuras geométricas. Visualmente la serie también destacaba por el contraste ofrecido entre los personajes —que, siguiendo los postulados de Groening, Povenmire quería que “fueran reconocibles únicamente desde su silueta”— y los escenarios donde se movían, mucho más realistas que unas formas y facciones proclives a que los niños las pudieran intentar dibujar desde sus casas. Y no obstante, de entre todo lo que tenía que ofrecer Phineas y Ferb a los productores les llamó especialmente la atención un ingrediente que ni siquiera aparecía en los dos primeros capítulos: los números musicales. 

Povenmire y Marsh eran capaces de escribir una canción en cuestión de horas. Una facultad que les vino muy bien cuando Disney, tras descubrir el temarral Gitchee Gitchee Goo que los protagonistas interpretaban en Estrellas del fracaso, les pidió que a partir de ahora incluyeran mínimo una canción por episodio.

Todo por el running gag

Phineas y Ferb es una serie que a primera vista parece tan simple como incontestablemente blindada en su simpleza. La inquietud de Nickelodeon y Disney estaba motivada por su aparente complejidad, pero no era una complejidad al uso: únicamente parecía difícil que Povenmire y Marsh lograran mantener el interés a lo largo de los capítulos partiendo de una premisa tan rígida, con un espacio tan escaso para las variaciones y dependiendo tan desesperadamente de las ocurrencias que cimentaran cada trama. Porque sí, cada capítulo de Phineas y Ferb es enormemente parecido al anterior, repitiéndose en su seno frases, arcos y soluciones dramáticas.

Phineas y Ferb descansan bajo el árbol de su jardín pensando a qué dedicar ese hermoso día de verano que acaba de comenzar, cuando Phineas dice “ya sé lo que vamos a hacer hoy”. Seguidamente, y con la ocasional ayuda de otros niños como Bufford, Baljeet e Isabella —enamorada de Phineas que siempre pregunta “¿qué estáis haciendo?”—, su idea se traduce en una gigantesca construcción que motiva a que uno de los adultos a los que le han encargado suministros se pregunte si no son muy jóvenes para hacer X. Phineas contesta “sí, lo somos”, mientras se despliegan las dos subtramas esenciales: una encuentra a su hermana mayor Candace tratando de desenmascararles ante su madre y otra tiene que ver con la mascota de la familia.

Se trata de Perry, el ornitorrinco, que en realidad es un agente secreto empleado por la O.S.A.C. (Organización Sin Acrónimo Chulo) que cada día ha de acudir a estropear los planes del malvado Dr. Heinz Doofenshmirtz. La pregunta, formulada por Phineas u otro personaje, de “¿Dónde está Perry?” precede al intrépido ornitorrinco recibiendo la misión de manos del Mayor Monogram y del becario Carl, para a continuación desplazarse a Pérfido Doofenshmirtz S.L. —buena suerte quitándoos ese jingle de la cabeza— y asistir a la triste historia que ese día ha justificado el nuevo plan malévolo de Heinz, traducido en una máquina con el sufijo -inator. Perry consigue derrotarle, y de algún modo sus acciones se entrelazan con las de Phineas y Ferb para ayudar a ocultar la desquiciada invención que ese día se han marcado, y dejar en ridículo a Candace. Eso es todo.

El planteamiento, acompañado de la canción correspondiente, es desde luego jugoso y divertido por sí mismo. En torno a estos personajes se podrían estudiar conceptos tan potentes como la dualidad Phineas/Dr. Doofenshmirtz —dos mad doctors de motivaciones opuestas que cuentan con su propio Igor, sea Ferb o el inigualable androide Norm—, el resentimiento de Candace hacia sus hermanos (y en concreto Ferb) como una posible reacción al matrimonio de su madre con un nuevo hombre, o parodiar la fórmula Bond a partir de una organización de espionaje que solo emplea animales con sombrero. Pero no. Es decir, algo de eso hay, y desde luego el personaje de Candace va ganando complejidad con el paso de los capítulos, pero las prioridades de Phineas y Ferb son otras. Y solo están comprometidas con el disfrute.

El valor cómico de Phineas y Ferb se fundamenta en la absurdez y en la más silvestre tontuna sin dejar de lado la parodia, la cita pop y la ya mencionada ruptura de la cuarta pared, todas arraigadas al fin y al cabo en el currículum de quienes trabajaron previamente en Los Simpson, Padre de familia y Bob Esponja. Sin embargo, con el paso de los capítulos y la reiterada negativa a modificar mínimamente el esquema este valor va ampliándose gracias a una sofisticación increíble del running gag: los elementos se repiten perdiendo su comicidad original, pero acompañados de una ligerísima variación que compensa el chiste.

Los -inators de Doofenshmirtz van siendo cada vez más absurdos, el “¿Dónde está Perry?” puede anteceder a Perry tan tranquilo al lado de los chavales —con un “Ah, aquí estás” antecediendo el icónico gruñido del ornitorrinco camuflado—, y la única frase que suele pronunciar Ferb por episodio va aumentando su extrañeza simultáneamente a la sabiduría. Phineas y Ferb teje así un espacio seguro y previsible en líneas generales, sin eliminar el componente sorpresivo de algunas de las carcajadas que dispensa. Acompañada del discurso tan encomiable que trabaja en torno a que los infantes aprovechen su tiempo libre echándole creatividad al asunto, no es nada extraño que fuera recibida tan bien entre las audiencias de Disney Channel, y que la crítica conviniera en señalar el excelentísimo programa infantil que resultaba.

Ahora bien, esta estudiada simpleza podría conducir a escenarios algo menos positivos de lo que parece, y que acaso atentarían con la voluntad de Povenmire y Marsh de ofrecer una serie absolutamente optimista, de caudal humorístico tan elaborado como para “no estar dirigido únicamente a los niños, simplemente que no los excluya”. Y es que se da el caso de que las tramas autoconclusivas, tan apegadas a una estricta sucesión de acontecimientos y motivos, han de defenestrar por fuerza el desarrollo de los personajes. Phineas y Ferb no pueden descubrir la auténtica identidad de su ornitorrinco. Doofenshmirtz está condenado a construir una nueva máquina cada día. Y Candace no tiene otra aspiración en este verano iterativo que pillar a sus hermanos. 

El caso de estos dos últimos personajes es más grave porque ambos están caracterizados por la mezquindad y el egoísmo; ambas, nociones que no conectan demasiado bien con el clima festivo que practica la serie. Pero Povenmire y Marsh, atención, consiguen apañárselas para que esto no sea necesariamente un problema. En el caso de Heinz, a medida que se suceden ciertas divergencias en los episodios va quedando meridianamente claro que tiene buen corazón, y que sus enfrentamientos con Perry se parecen más a juegos cómplices que a épicas luchas entre el bien y el mal, permitiendo incluso que ambos desarrollen un afecto hacia el otro. El caso de Candace tiene más miga, y fue enunciado en su totalidad a través del segundo segmento del primer episodio de Phineas y Ferb, emitido en abierto en febrero de 2008.

El piloto de la serie se abría con un segmento donde Phineas y Ferb construían una montaña rusa, pero el segundo ya cambiaba radicalmente de planteamiento: era el cumpleaños de Candace, y la misma adolescente gruñona que había intentado pillarlos minutos antes ahora se convertía en receptora de una entrañable sorpresa por parte de sus dos hermanos pequeños. Phineas y Ferb amaban a su hermana, y su hermana les amaba a ellos.

Suponía toda una declaración de intenciones: en Phineas y Ferb no había personajes malvados, o únicamente caracterizados por la maldad. La obsesión de Candace por delatar a sus hermanos obedecía a sus propios conflictos con el hecho de dejar la infancia atrás, la megalomanía de Doofenshmirtz era la propia de un Arthur Fleck machacao (pero mucho más simpático) e incluso Bufford, presentado inicialmente como un bully, resultaba ser también una excelente persona. Jugando con estas figuras y reverenciando el carpe diem, Phineas y Ferb abrazó un éxito que dio pie a las primeras consecuencias estrambóticas con apenas dos años de emisión transcurrido.

Talk-shows, licencias y crossovers desafortunados

El propio formato de Phineas y Ferb se prestaba a las relecturas meta. Por eso, entre otras cosas, en la segunda andanada de episodios pudimos disfrutar de algo llamado Los diez mejores vídeos musicales de Phineas y Ferb: un capítulo conducido por el Mayor Monogram y Doofenshmirtz (doblados por Marsh y Povenmire, respectivamente) donde pasaban lista de las canciones más votadas por los espectadores, de No tengo ritmo a Ardillas en las mallas pasando por la totémica Gitchee Gitchee Goo. En esta misma línea, pero fuera del marco de la serie, en 2010 vio la luz Take Two with Phineas and Ferb, donde se mezclaba animación y acción real para unir a los personajes de la serie con varios invitados a los que hacer preguntas absurdas.

Por este talk-show pasaron entrevistados del calibre de Jack Black, Andy Samberg, Seth Rogen, Jason Segel o Taylor Swift, que se sentaban en un sillón para charlar amigablemente con el vacío en un formato cuanto menos extraño, con el que nadie terminó de conectar. En un arranque de vergüenza torera (y de abstracción sublimada), Take Two acabó emitiendo un episodio donde Phineas y Ferb entrevistaban a la cerdita Peggy —dibujos entrevistando a marionetas, la televisión del futuro—, hecho significativo por cómo los creadores asumían públicamente las influencias que habían tenido los Muppets de cara a sacar adelante este efímero programa —solo duró una temporada—, y el modo en que Disney empezaba a utilizar a los hermanos inventores como buque insignia.

En Take Two, la Casa del Ratón ponía en contacto a Phineas y Ferb con un miembro de los Muppets, cuya licencia había obtenido la compañía seis años antes, en 2004. Sentaba un precedente no muy ilustre, pero sí socorrido, para hacer cosas similares en el futuro, y durante la cuarta temporada de la serie de Povenmire y Marsh los fans pudieron disfrutar de dos nuevos crossovers integrados en la serie. El primero fue Phineas y Ferb: Misión Marvel, un episodio doble que mantenía la estructura habitual del show pero la vinculaba con la aparición de dos equipos con superpoderes: uno formado por los Vengadores Iron Man, Spider-Man, Hulk y Thor —con una pequeña y jocosa aparición de Nick Furia para amedrentar al Mayor Monogram—, y otro compuesto por los supervillanos Cráneo Rojo, Whiplash, Venom y M.O.D.O.K.

Sucedía en 2013, un año después de que Joss Whedon firmara Los vengadores y empezáramos a tomarnos en serio el proyecto de Kevin Feige, pero el film protagonizado por Robert Downey Jr. distaba de ser un referente sobre el que erigir los chistes. Phineas y Ferb: Misión Marvel, en cambio, empleaba a estos espantajomanes atendiendo a un imaginario más generalista, ajustando los guiños a concepciones básicas como la inutilidad de los poderes de Tony Stark fuera de la armadura o los chistes malos de Spider-Man. El especial dirigido por Povenmire buscaba un espíritu continuista con la serie, por tanto —la inclusión de M.O.D.O.K. no obedecía a otro motivo que a seguir haciendo bromas con la cabeza de bebé flotante—, y aunque el esfuerzo era meritorio, no conseguía llegar a algo realmente memorable.

Caso contrario fue el de Star Wars. Disney adquirió Lucasfilm en 2012, dando inicio a aquella triste historia que referimos anteriormente, y solo dos años después Povenmire y Marsh pusieron en pie La Guerra de las Galaxias de Phineas y Ferb. El formato era el mismo que el de Misión Marvel, pero tenía a su favor tres elementos muy específicos. En primer lugar, el apego absoluto a un único objeto cultural, el Episodio IV, donde cada escena y minuto es historia del cine. En segundo, la decisión de apartarse de la estructura habitual de la serie para seguir los acontecimientos de la película de 1977 casi escrupulosamente. Y en tercero, la existencia de toda una tradición televisiva detrás, puesto que Una nueva esperanza ya había dado pie a eventos similares en otras ficciones, destacando por derecho propio las espléndidas Blue Harvest de Padre de familia y Robot Chicken: Star Wars, ambas emitidas en 2007. A partir de estas directrices Povenmire y Marsh levantaron un artefacto pop sumamente hábil, que en lugar de transmutar a sus personajes en protagonistas de la trilogía de George Lucas los colocaba como testigos privilegiados y posibilitante de su historia: los planos de la Estrella de la Muerte, por ejemplo, podían llegar a Yavin IV gracias a la gestión de Phineas, Ferb y sus amigos. 

La multirreferencialidad que Povenmire y Marsh siempre habían practicado sirvió en La Guerra de las Galaxias de Phineas y Ferb, asimismo, para servir de crisol de otros escenarios y personajes icónicos de la saga, y este episodio hizo méritos para convertirse en una parada indispensable para cualquier warsie, repleta de cariño por la franquicia y juegos de palabras extremos. El especial se enmarcaba, en otro orden de cosas, en los compases finales de la cuarta temporada de Phineas y Ferb, que terminaría siendo la última y querría convertirse en un caótico fin de fiesta, con un episodio de Halloween (sí… en verano) y otro recopilatorio de canciones con Kelly Osbourne de anfitriona. Vamos, que la serie supo despedirse por todo lo alto.

Un año después del final de Phineas y Ferb, Povenmire y Marsh renovaron su contrato con Disney a través del desarrollo de una nueva serie: La ley de Milo Murphy. Su sinopsis no era tan ocurrente como la del formato anterior, pero estaba igualmente llena de posibilidades y podía funcionar en tanto a reflejo o derivación de Phineas y Ferb: si estos hermanos se caracterizaban por una habilidad inconmensurable a la hora de poner en práctica sus planes, Mio era descendiente del ingeniero Edward A. Murphy Jr., cuya famosa ley (aquella que puede entenderse como “si algo puede salir mal, saldrá mal”) explicaba su tremebunda mala suerte.

Milo, muy al estilo de Povenmire y Marsh, tenía pese a todo un aplomo inagotable, y se las había apañado para darle a esta congénita mala suerte un luminoso giro existencialista: gracias a la amenaza del infortunio, cada día de su vida era extremadamente estimulante, y suponía una aventura en sí mismo tanto para él como para sus allegados. Uniendo a este planteamiento las canciones, La ley de Milo Murphy lo tenía todo para convertirse en otro triunfo de la dupla.

La ley de Milo Murphy también se caracterizaba por ambientarse en el mismo universo de Phineas y Ferb, algo que Povenmire y Marsh aprovecharon completamente en el final de su primera temporada, que antecedía un crossover entre ambas series. La ley de Milo Murphy: El efecto Phineas y Ferb daba inicio a la segunda entrega con un episodio doble sorprendentemente equilibrado, en el que los creadores tenían oportunidad de retomar a sus personajes fetiche tres años después para confirmar no solo las ganas que tenían de volver a escribirle gags a la población de Danville, sino también lo espléndidamente que habían diseñado el mundo de Milo de forma que pudiera complementarse con el de Phineas, Ferb y Candace. Así, el juego de espejos reseñado en líneas superiores aquí servía para que la nueva invención de los hermanos utilizara la mala suerte de Milo como arma, mientras Doofenshmirtz y Perry se introducían en la típica trama de paradojas temporales que tan buenos resultados había deparado en anteriores compases de la serie.

Todo el mundo quedó contento con El efecto Phineas y Ferb, así las cosas, y mientras La ley de Milo Murphy emitía su segunda temporada con Doofenshmirtz como personaje recurrente y caía en un limbo a la espera de ver qué tal funcionaba Disney+, Povenmire y Marsh consiguieron permiso para hacer una segunda película centrada en los hermanos inventores para estrenarse en 2020, nueve años después del lanzamiento de Phineas y Ferb: A través de la segunda dimensión. 

Nuevas dimensiones, mismos universos

El estreno en Disney Channel de A través de la segunda dimensión en 2011 se cimentaba sobre el mismo impulso que había levantado Take Two, y aunque solo tuviera que preocuparse de dar con una historia convincente —no de buscar famosos, o de conseguir que a la chavalería le importaran un carajo los talk-shows—, también suponía un salto considerable. Ahora no hablábamos de un episodio doble, o de un recopilatorio majete: A través de la segunda dimensión duraba 80 minutos, y forzosamente tenía que dejar de lado la estructura habitual.

¿A qué conducía esto? A que Phineas y Ferb coqueteara de pronto con una narrativa mucho más convencional, y se viera en la necesidad de impulsar la trama por escenarios más dramáticos de la cuenta mientras se esforzaba por que el ritmo no se resintiera, y el número de chistes por minuto fuera incrementado de forma cuidadosamente proporcional. No fue exactamente así: A través de la segunda dimensión se vio en la obligación de asumir objetivos algo genéricos, con una gravedad finalmente cosmética que de vez en cuando deparaba en falta de interés. Sin embargo, la proverbial inteligencia de Povenmire y Marsh facilitó que, dentro de estos conflictos propios del largometraje, el guion abrazara lugares muy sugerentes, que incluso ofrecían una continuidad lógica a lo planteado en la serie.

Así ocurría, por ejemplo, que Doofenshmirtz se veía obligado a sopesar hasta dónde llegaba realmente su maldad, en función a compararse con el Doofenshmirtz de una dimensión alternativa. Y que Candace, empujada a una situación similar, debía enfrentarse directamente al conflicto que había desarrollado toda la serie mediante el retrato atemporal; ahora, no obstante, la llegada de la madurez se convertía en la clave de su arco, sirviendo para releer de forma directa la relación que hasta entonces había llevado con sus hermanos.

Fiel a su condición de evento aislado, A través de la segunda dimensión no podía permitir pese a todo que la introspección de sus protagonistas tuviera consecuencias, y resolvía borrar cualquier recuerdo que los personajes experimentaban a lo largo de su viaje para que las dinámicas permanecieran intactas. Una pena, sobre todo partiendo del hecho de que la reacción de Phineas al descubrimiento de Perry como el Agente P suponía lo más interesante del film dirigido por Povenmire.

En el mismo 2011 se empezó a hablar de una película de Phineas y Ferb destinada esta vez a los cines, inaugurando un largo y dubitativo proceso que se prolonga hasta nuestros días, y que ha llegado a tener a Michael Arndt vinculado. Años después Marsh reveló que este film vería la luz dependiendo de los resultados del crossover en Milo Murphy, y en 2020 hemos tenido finalmente Candace contra el universo, cuyo estreno directo en Disney+ hace pensar que aún hay un film en marcha que quiere asaltar las carteleras.

Hasta que esta cuestión se aclare, bueno es detenerse en Candace contra el universo, y toparse con una película mucho más entonada que A través de la segunda dimensión. La razones de esto cabe encontrarlas en, claro, la estructura: en el film dirigido por Bob Bowen —que también estuvo a cargo de El efecto Phineas y Ferb— no existe ambición alguna de suponer “la historia más grande en la que los personajes se hayan visto envueltos” y de hecho encuentra reminiscencias con capítulos previos de la serie —como aquél en el que Candace se convertía en la reina de Marte.

El propósito que lo sustenta no es otro que volver al universo de Phineas y Ferb a la antigua usanza, con un nuevo capítulo cuyo metraje expandido no pretende desembocar en grandes catarsis, sino simplemente ayudar a un encadenado más prominente de gags y números musicales. Aunque algo de eso hay, claro: nuevamente, Candace es el personaje más interesante en torno a su falta de autoestima y su ambivalencia a la hora de entender los sentimientos que le despiertan sus hermanos. En lugar de desarrollar un tratado sobre la adolescencia confundida, Candace contra el universo opta por ir a lo más sencillo, y ahondar en el cariño que se tienen los hijos de la familia Flynn-Fletcher. No es, desde luego, muy ambicioso, pero Povenmire y Marsh aciertan al diagnosticar que la ambición nunca fue una prioridad para Phineas y Ferb.

Candace contra el universo, en su reverencia a la fórmula, supone un modo ideal de volver al Área de los Tres Estados y recordar qué fue lo que nos encandiló de sus tramas en primer lugar. Al final de su visionado, por tanto, es tan fácil dejarnos llevar por la melancolía de que el verano haya concluido, como preguntarnos cuándo volverá. Así como, también, aprovechar mejor el tiempo que transcurra entre uno y otro. 

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