Yeon Sang-ho: del castigo a la redención del cine surcoreano

Tras el éxito de Train to Busan y después de estrenar Psychokinesis en Netflix, el realizador surcoreano Yeon Sang-ho se confirma como uno de los nombres más cotizados del cine de su país. Repasamos las claves de su filmografía, fuertemente marcada por un discurso social tan agresivo como lógico.

Toda tendencia de etiquetaje y embalaje de movimientos cinematográficos a posteriori induce a error. Clasificamos porque tenemos la necesidad de ordenar realidades complejas que carecen de sentido por ellas mismas.

Durante el cambio de siglo en la llamada ola del nuevo cine asiático, cajón de sastre en los programadores de festivales tuvieron a bien meter miradas distintas en sensibilidad -cuando no antagónicas-, hubo una constante que se revelaría como la más brutal a ojos de quien se molestase en mirar: tanto el thriller como el terror fueron grandes beneficiados en términos de renovación del lenguaje cinematográfico. En China la herencia esteticista de John Woo se difuminaría en evocaciones épicas de la violencia de la mano de Zhang Yimou y Jia Zhang Ke, en Japón Takeshi Kitano y Takashi Miike darían buena cuenta de la expresividad plástica del dolor, y en Corea del Sur Bong Joon-ho y Park Chan-wook sublimarían belleza y crueldad.




En este último país, entre las muchas voces que lucharon por hacerse un hueco más allá de su país, hubo una que marcó el inicio de la segunda década de los dosmiles y cuya carrera se nos plantea hoy tan abruptamente intensa cómo sólida en términos de discurso. Yeon Sang-ho: un realizador que levantaba polvareda a su paso, pero sin hacer ruido. Que se mantenía a un paso del mainstream pero estaba en boca de todos. Que ofrecía una mirada social tan sutil como un martillazo en la cabeza. Un cineasta cabreado que, con el tiempo, se ha convertido en el nuevo altavoz de la rabia en el cine surcoreano contemporáneo. ¿Cómo? A hostia limpia.

The King of Pigs: bullying y violencia perpetua

Tras hacerse un nombre en el terreno del cortometraje de animación con títulos aquí ciertamente difíciles de encontrar como Megalomania of D (1997), D-Day (2000) y Love Is Protein (2003), fundó su propio estudio y tardó un tiempo en conseguir financiación para su primer largometraje. Este sería la brutal The King of Pigs (2011), una película “barata” dentro de los cánones del cine de animación -algo más de 150.000 dólares- que, sin embargo, supo cumplir su función: ser un golpe en el estómago de la industria.

The King of Pigs es un film exagerado sin vergüenza a serlo, que encuentra en la contraposición de sus atrocidades su condición de película-puñetazo. Desde su primer minuto, subraya las líneas discursivas sobre las que se erige: debilidad y fantasía brutalista que la contrarresta, miedo que da paso a la violencia y… muerte por doquier.

Desde su primer largometraje, Yeon Sang-ho se muestra cómodo en la crítica social al narrar la historia de dos hombres, un oficinista y un escritor fracasado, que se reencontrarán para hablar de su pasado en el instituto, años después de haber perdido contacto. En aquellos años sufrían bullying por su condición social hasta que conocieron a otro personaje, Kim Chul –el rey de los cerdos-, alguien que te partía la cara si te metías con él.

La falta total de sutileza en su discurso sobre el contagio de la violencia como respuesta a los problemas, nos pone alerta sobre la naturaleza íntima de The King of Pigs, una película extrema en todos los sentidos. Un film que se mueve constantemente de un polo expresivo al contrario, de la sobriedad de puesta en escena al barroquismo insano, de la emotividad excesiva a la brutalidad gore. Y que pretende radiografiar, precisamente, el urgente estado de una sociedad surcoreana al borde de la psicosis colectiva.

The Fake: religión y familia, males endémicos

The Fake (2013) supone un descanso del decadente retrato urbano sobre el que volverá en sus siguientes películas, al situar su acción en la Corea del Sur menos transitada por el espectador occidental: el mundo rural. Pero que la llegada a la pulcritud en términos de desarrollo no nos engañe: The Fake es igual de brutal que The King of Pigs y, por ende, igual de deprimente.

El segundo largometraje de Sang-ho vuelve a poner el dedo en las llagas de la sociedad surcoreana, ampliando sus horizontes discursivos al apuntar hacia la familia y la religión como dos ejes de toxicidad explícitos. El primer eje es también el más incómodo: el protagonista de The Fake es un padre de familia maltratador y alcohólico absolutamente ruin y execrable… pero es el héroe de esta historia.

Tener como vehículo narrativo a un personaje que odias deja al espectador en una situación de incomodidad ciertamente efectiva, traducida en un estado de alerta que nos impide identificarnos con su causa. Más si no caminamos hacia una redención que nos haga dejar de odiarlo, sino hacia su más miserable autodestrucción. Símbolo de un mensaje peliagudo: la familia puede ser el enemigo íntimo de una sociedad al límite.

De ahí que su segundo eje funcione como un arma de doble filo: la religión se nos muestra en The Fake como la alternativa pacífica de una sociedad necesitada de comprensión, solidaridad y cariño. Algo que los feligreses pueden conseguir gracias a un credo… que resulta ser una auténtica estafa. ¿Y quién será el encargado de destapar el engaño? El padre de familia más vil que hemos visto en mucho tiempo en pantalla.

“El pueblo coreano busca la catarsis en el cine para liberar tensión y ansiedad, por lo que la tragedia romántica les libera mediante el llanto colectivo en el cine”,  reflexionaba Carlos G. Gurpegui en su artículo El realismo animado de Sang-ho Yeon. “Sin embargo, el drama de Sang-ho no es romántico y no tiene un final feliz. Retrata la dureza del día a día, sin escapatoria, sin mensaje esperanzador ni felices conclusiones. Uno debe vivir y ser consciente de lo que sucede a su alrededor para intentar mejorarlo, pero lo que tenemos a nuestro alrededor es duro y violento”, escribe Gurpegui.

Seoul Station y Train to Busan: del horror a la luz

Sabido es que sintetizar traumas colectivos y convertirlos en alegorías fantásticas es una de las razones de ser del terror. Y convertir en zombis a la sociedad a la que estaba empeñado en enjuiciar es casi un paso lógico en el discurso crítico de Yeon Sang-ho. Seoul Station (2016) y Train to Busan (2016) funcionan como dos caras de una moneda cuyo significado se ampliará en el siguiente film del realizador surcoreano. La primera sigue la senda tremendista y dramática de sus predecesoras y la segunda es el contrapunto concesivo al entretenimiento, al terror y la acción como vehículos lúdicos.

Seoul Station narra el nacimiento de una plaga zombi en la ciudad del título, pero esta es la excusa para desgranar el trauma de personajes atrapados en callejones sin salida. Personajes que, antes de zombificarse, estarán enfermos de otros males: la inmadurez, la no asunción de responsabilidades, la violencia y el prejuicio. “Una serie de personajes con problemas que están más cerca de los desgarradores dramas de The Fake que de la verbena de tópicos de Train to Busan”, describe nuestro compañero John Tones en este artículo publicado en Espinof. “Es como si Yeon Sang-ho tuviera facilidad para componer personajes más ‘humanos’ en sus producciones animadas”.

Train to Busan, por su parte, es una amalgama de tropos del cine de zombis con un elemento diferencial: se desarrolla casi íntegramente en el interior de un tren y la persecución – también su desarrollo narrativo- sólo avanza en horizontal. La excusa es algo más que eso, es la definición del film como vehículo de tensión cinematográfica. Train to Busan no es una película corrosiva y deprimente como lo son todas las anteriores de su director, es una película fundamental y endiabladamente entretenida. Eso no significa que no tengamos rasgos autorales reconocibles en su discurso: su protagonista vuelve a ser un padre desastroso, pero a diferencia de lo que habíamos visto hasta ahora, este tendrá una oportunidad de absolución.

Con Train to Busan, el cine de acción real dio con el contrapunto del discurso de la rabia en Yeon Sang-ho. La perpetuidad de la violencia como mal propio de los surcoreanos en The King of Pigs, y la perdición sin reconciliación en The Fake, convertían el desasosiego en un grito de rabia, una forma artística de sintetizar el dolor de vivir en una sociedad que se ahoga. Sin embargo, esta película -un auténtico éxito en la taquilla del país-, es la primera de su realizador que acaricia la posibilidad de una salida del infierno redimiendo al protagonista, y ofreciendo cierta luz al final del túnel.

Psychokinesis: un atisbo de esperanza

En 2009, el distrito Yongsan de Seúl se convirtió en un campo de batalla. Vecinos de un inmueble comercial iniciaron unas protestas contra un plan urbanístico del Gobierno local que pretendía expropiar y luego destruir edificios para construir viviendas. Ante los oídos sordos de la autoridad, las protestas fueron a más y los vecinos, apoyados por colectivos sociales del distrito, ocuparon las instalaciones negándose a abandonarlas hasta recibir una compensación económica por la expropiación.

La respuesta, muy à la coreana, del Gobierno fue enviar 500 agentes de las fuerzas especiales, apoyados por 1.400 policías de Seúl, que entraron a la fuerza en el edificio e hicieron uso de una violencia brutal para desalojar a los manifestantes a hostias. Aquello se convirtió en una batalla campal que se saldó con un incendio, decenas de heridos y cinco civiles muertos.

¿Y qué tiene que ver esto con Sang-ho? Psychokinesis (2018) sigue las andanzas de un hombre borracho e irresponsable que adquiere poderes de telequinesis tras el impacto de un meteorito. Se trata de alguien que abandonó a su familia cuando peor lo pasaba: ahora, su mujer acaba de fallecer en un altercado contra una empresa inmobiliaria que quiere quedarse con su local de ramen, situado en un complejo urbanístico que va a ser derruido. Su hija clama venganza y está dispuesta a resistir, junto con sus vecinos, los envites de la empresa y la policía. Los poderes del padre serán el vehículo para reconstruir la relación entre ambos cuando descubran que con ellos también puede combatir a las autoridades.

Yeon Sang-ho parece narrar los hechos reales acaecidos en 2009, aunque no lo haga de forma explícita, haciendo suyo el debate candente en la sociedad surcoreana. Psychokinesis migra el contenido de la protesta social a su cine, transcribiendo los hechos y mutándolos mediante el filtro del género fantástico y superheroico. Y además, ofreciendo un registro textual más amable y cercano a la comedia.

El nuevo cine de la rabia en Corea del Sur nos ha propiciado un pequeño, diminuto, artefacto de catarsis social en la última película de Sang-ho. Al margen de sus desmanes narrativos, de su subrayado discursivo o de su escasa brillantez, estamos ante un film que ofrece una visión absolutamente reveladora de la evolución de su director. El realizador que condenaba a sus personajes, que los destruía y que dejaba destrozado al espectador por el camino, ha ido templando su grito de rabia. Hasta sintetizarlo en un cine que, ahora sí, puede ser redención en lugar de castigo. Algunos lo llamarán domesticarse ante la industria, otros, darse un respiro.

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